Somos un espacio íntimo, con una barra viva y una cocina abierta donde todo se descubre. La comida, el movimiento, las personas: todo sucede delante de ti.
Inspirado por la energía de la ciudad y nuestras propias experiencias, trabajamos sabores y técnicas con libertad.
Hiro es el proyecto personal del chef y propietario de treinta años Lucas Ciasullo, que lidera el restaurante desde la cocina y el concepto. Un espacio de escala íntima en el que todo sucede cerca: la cocina, el servicio y la experiencia en mesa.
Después de varios años formándose en cocinas como DSTAgE, Nado, Arima o Leña, entre Madrid y Marbella, Ciasullo entiende que para levantar un restaurante propio primero hay que construir base. Con la convicción de que los proyectos sólidos empiezan desde abajo —ahorrando, equivocándose y aprendiendo— decide regresar a Málaga, la ciudad en la que vivía, para dar su primer paso.
Allí abre una pequeña hamburguesería en el centro de la ciudad, GOAT. Un formato sencillo en apariencia, pero trabajado con el mismo rigor que una cocina gastronómica. El reconocimiento llega pronto: la Guía Repsol le concede un Solete, confirmando que la calidad no depende del tamaño ni del concepto.
Hiro propone una cocina centrada en dar de comer bien, sin artificios innecesarios
Dos años y medio más tarde, con experiencia, recursos y una idea más clara de lo que quería contar, regresa a Madrid para abrir Hiro, un proyecto que ha crecido de forma orgánica y honesta, hasta convertirse en el restaurante que es hoy: el resultado natural de un camino pensado paso a paso.
El espacio —una barra para diez comensales frente a la cocina abierta y seis mesas para unos dieciséis comensales— obliga a una ejecución precisa y a una carta pensada desde la coherencia. Cada plato se construye con intención, buscando equilibrio entre los sabores y la textura de los ingredientes.
Las salsas y fondos tienen un papel destacado en la cocina de Hiro: aportan sabor, equilibrio y coherencia a los platos. La técnica está presente, pero no se exhibe; sirve para que cada plato llegue limpio, directo y con personalidad a la mesa.
La carta cambia con frecuencia y evita la idea de un único plato emblemático. Aun así, algunos se han convertido en referencias habituales. El rodaballo con emulsión de leche de tigre y parmesano, acompañado de patatas fritas en brunoise recuerda a un fish and chips reinterpretado: cítrico, directo y sostenido por una salsa que lo envuelve todo.
Otro plato clave es la corvina con velouté de ave y crumble de algas, una lectura personal del surf and turf. La salsa, intensa y carnívora, contrasta con la delicadeza del pescado, mientras el crumble aporta un crujiente umami y marino que equilibra el conjunto. La idea es sencilla y eficaz: galleta, carne y salsa, llevadas a un mismo punto de armonía.
El proceso creativo parte de la memoria gustativa del chef: sabores acumulados, referencias cruzadas y asociaciones que se afinan en la prueba. No hay una guía cerrada, sino intuición y descarte hasta que el plato encaja. Las influencias atraviesan cocinas de Europa y de América, siempre filtradas por una mirada personal y contenida.
El vino ocupa un lugar esencial en la experiencia. La carta combina referencias clásicas y vinos de baja intervención, seleccionados por afinidad con la cocina y no por etiquetas. Entre las botellas más representativas se encuentran el VBPO de Pedro Olivares, una Bobal de Valencia de carácter profundo; Valbuxán, el tinto de Telmo Rodríguez, un blend de varias uvas con gran complejidad; y el Ratzenberger Riesling alemán, expresivo, con notas de mantequilla y nuez, elegido por su capacidad de diálogo con los platos.














